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Temores infantiles: inevitables y necesarios (2ª parte)

Los temores infantiles, los miedos, son habituales en a lo largo de la infancia, y forman parte de la evolución normal de cualquier niña o niño. Si sabemos cómo actuar como padres, estaremos ayudando a nuestra/o hija/o a superarlos, y no sólo eso, sino que estaremos reforzando su autoconfianza.

Los temores infantiles son absolutamente normales, pues los pequeños están tratando de lograr una comprensión más racional del mundo. Lo importante es que comprendamos, como padres, de qué forma efectiva podemos ayudarles a encararlos, según cada edad.

Es muy tranquilizador para nuestros pequeños el saber que madres y padres nos interesamos por su mundo, que nos introducimos en él para demostrarles que le comprendemos y les le ayudamos a superar sus miedos. Así, al tiempo que se asienta su autoconfianza, se afianza el vínculo entre entre padres e hijos.

Temores infantiles que desaparecen solos

Los niños pierden estos temores infantiles al adquirir una comprensión más racional del mundo. Pero esto requiere tiempo y hasta que lo logran lo pasan fatal. En general, para ayudar a nuestros hijos, habremos de respetar lo que siente. Su temor es real y si razonamos con él para intentar convencerle de que se equivoca en sus percepciones, se pondrá nervioso; mientras que si nota que le comprendemos («ah, ya veo que el perro te asusta»), se calmará antes. Y también será bueno convertirnos en sus aliados. Ponernos en cuclillas a su lado para observar juntos a un animal que le asuste hará que, al bajar a su altura, vean que no precisan ser rescatados, lo que sin duda le tranquilizará.

En los dos o tres primeros meses de vida al bebé le sobresaltan los ruidos fuertes o los movimientos bruscos. Sin embargo, su reacción se debe a un acto reflejo, porque hasta los 6 meses apenas conoce el miedo. De hecho, una investigación reciente ha demostrado que si se pone a un bebé de 3 meses encima de una mesa de cristal no tiene miedo a caer a pesar de percibir la profundidad, cosa que sí sucede a partir de 6 meses, cuando ya manifiesta este temor.

Es curioso observar que, a partir de esta edad, niñas y niños también se asustan al oír el ruido de la batidora o al ver a un hombre con barba, por ejemplo. Y enseguida aparece el miedo a la separación: el peque llora cuando su madre o su padre salen de la habitación en la que está. Esta reacción, consecuencia de su mayor autonomía –ahora empieza a desplazarse por sí solo–, es muy positiva, porque demuestra que el bebé ya sabe que él es un ser independiente, no una parte de vosotros, e intuye que estar solo puede ser peligroso.

Los más pequeños

Además, ahora ya distingue bien entre las caras familiares y las desconocidas y surge el miedo a los extraños, señal de que se ha establecido un buen vínculo afectivo entre vosotros. Intentad pues no moverle de una manera brusca ni someterle a ruidos fuertes. Así le evitaréis sobresaltos innecesarios.

En la fase del miedo a los extraños, respetad su necesidad de estar con vosotros y ayudadle a acercarse a las personas que no conoce desde vuestros brazos. Si tiene miedo a perderos de vista, seguid hablándole cuando os alejéis de él. Así irá aprendiendo que aunque no os vea, seguís estando cerca. Otra forma de enseñarle que lo que deja de ver no desaparece es jugar con él al “cucú-tras”, escondiendo su juguete con un pañuelo o escondiendoos vosotros.

Cuando ya tiene 1 ó 2 años se amplía el abanico de situaciones u objetos que pueden asustarle. Continúa existiendo el miedo a la separación y a ello se une que el pequeño ya puede anticiparse a lo que va a ocurrir: por esta razón llora cuando llega el momento de quedarse en la guardería. Por otro lado, como ya sabe que las cosas existen aunque él no las vea, comienza a tener miedo a la oscuridad. Y es probable que una noche os llame gritando o que un día, al acostarle, se agarre al cuello del adulto con fuerza para que no se vaya.

También le asustan los fenómenos naturales (el viento, la lluvia…) o el mar, un lago o la bañera grande, todas ellas superficies enormes para él, en las que siente que puede perderse. Y animales como los perros, las arañas o las hormigas, porque no llega a entender su comportamiento. Todos estos miedos tienen una vertiente positiva: indican que el niño está madurando y que es cada vez más consciente de su persona y de lo que existe a su alrededor. Y está comprobado que a más descubrimientos, más miedos.

Mantener las rutinas diarias

Al pequeño le asusta lo que no conoce o no comprende y, en cambio, le reconforta lo conocido y lo previsible. En este sentido, para él resultan muy tranquilizadores los rituales diarios (el paseo, el baño con sus juguetes, el cuento de antes de dormir…), ya que le permiten saber lo que va a ocurrir a continuación, anticiparse a los hechos. Si continúa temiendo las despedidas, al iros decidle siempre adiós y explicadle cuándo vais a volver.

Y si le da miedo la oscuridad, dejad una luz piloto encendida o una lámpara que él pueda encender. Y durante unos días, los peores, permitidle dormir con su hermano o con vosotros. Para evitar su temor a los fenómenos naturales, léele libros sobre el tema y anímale a que los dibuje. Y si un día hay una tormenta, mientras dure quédate a su lado.

Puedes ver la primera parte de este artículo sobre temores infantiles pinchando aquí.

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