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Preadolescentes: nos critican por todo

«Ni su padre ni yo parecemos dar una a derechas», confesaba hace poco Carmen a la psicóloga del colegio de su hija. «Nuestra ropa, nuestra forma de hablar, nuestros amigos… Nada de lo que antes se sentía orgullosa es ahora de su gusto ¿Es normal que con 11 años nos diga “no os enteráis de nada”?».  Y es que vuestro delicioso retoño se ha transformado en un crítico perpetuo, cuyo blanco perfecto de imputaciones y responsable de problemas sois precisamente vosotros.

El preadolescente suele pensar que sus padres son en cierta forma “absurdos”, y lo preferible, además, es que se lo diga a la cara. «Atraviesa una etapa de su proceso madurativo», aclara la psicóloga y profesora Emelia Brufau, «caracterizada por una personalidad difusa y vulnerable, y una especie de rebelión contra lo establecido». Retraimiento y, al mismo tiempo, omnipotencia que le lleva a enfrentarse con quienes representan para él la autoridad. «El otro día se metió con mi tripa», recuerda el padre de Roberto, de 12 años. «Y, cosa rara últimamente, aceptó salir conmigo a hacer bicicleta. Cuando bajó al garaje y me vio puso unos ojos como platos y me advirtió: «O te pones un chándal que no sea de Perico Delgado o te acompaña el abuelo». Después, cuando comprobó que resistía más que él –lo cual me valió una semana de agujetas–, dejó aparentemente de mostrar interés. Paré para esperarle y eso también le sentó mal; lo peor fue cuando le dije que no se ofendiese, que era una tontería y traté de inclinarme para besarle: se apartó y casi me fui al suelo, con tan mala suerte que la bici cayó sobre mi tobillo, fracturándolo. Vino mi esposa a buscarnos y aún se permitió poner en duda si yo hubiese aguantado cien metros más…».

Para un adulto es duro adaptarse a esa nueva situación de “tontaina”, especialmente si uno estaba acostumbrado a ser un héroe –o al menos un modelo– a sus ojos, y esa transformación a “extraño semirepulsivo” ha tenido lugar, como el que dice, de la noche a la mañana. Tus bromas son “de pueblo”, no cogería nada de tu armario ropero «ni aunque tuviese que ir en pijama al cole» y, lo que parece más duro: no quiere ser visto en público contigo. «Este curso, mi madre también quería acompañarme al colegio. Sólo faltaba que la vieran despidiéndome con dos besos…», señala Javier, a punto de cumplir los 12 años, aliviado al haberse salido finalmente con la suya.

Tu delicioso retoño se ha transformado en un crítico perpetuo, cuyo blanco perfecto de imputaciones y responsable de problemas eres tu. «Sí que me dejaron participar en la elección del coche», reconoce David, «pero hace dos años yo era un crío; ahora, me parece horrible. El de los padres de Silvia [o de Laura, o de Miguel, o de…] sí que es “guapo”».

Gracias a la crítica,  los preadolescentes se “separan” de sus padres y van estableciendo sus preferencias e identidad; su personalidad y la forma de encajar en el grupo. Por desgracia, a menudo los padres se sienten heridos por este comportamiento; en especial cuando hablan con alguien conocido y le confiesan, con tono melancólico, que lo único que han hecho es «cuidarle, amarle y ayudarle a crecer».

Hay que intentar no tomárselo demasiado “a pecho”. «Para la gente joven», apunta Toñi Delgado, psicopedagoga del Gabinete de Orientación Psicopedagógica, «es importante ser capaz de “disentir de” y “criticar a” quien representa la autoridad. Les hace sentirse poderosos y olvidar formas más perjudiciales de rebelarse (por ejemplo, un bajón en los estudios). Además, estamos dándoles el derecho a tener una opinión y un estilo propios».

Lo que debe dejarse sentado de antemano es qué tipo de crítica será bien o mal recibido (el aspecto o las posesiones materiales, pase; las ironías sobre clases sociales o defectos físicos, no). Es más preocupante el cómo critican que sobre qué lo hacen. Si sus “observaciones” son implacables y despiadadas, puede que esté luchando con un problema más grave que necesite ayuda de un especialista. Si la sangre no llega al río, no hay mucho que podáis hacer al respecto salvo ser pacientes y ofrecerle su reafirmación a costa de vuestra persona. «Cuando voy de compras con ella», reconoce la madre de Silvia, «yo también podría avergonzarme de que la gente piense que dedico el dinero a mi imagen y no me queda un duro para ella, pero siempre acaba frustrándome. La última vez, cuanto le pedí su opinión acerca de un pañuelo estampado sobre el que había echado el ojo hacía días, me respondió: “No querrás que te acompañe a ningún sitio con esa pinta”…».

Como padres, podemos ayudarles respondiendo a sus observaciones de una manera inteligente, sin excusas y con un poquito de mordacidad. «Cuando nos dice que a dónde vamos», comentan Elisa y Juanma, «le decimos “por ahí; esa es la respuesta que tu nos das si te preguntamos”, y se queda de una pieza».

Si vuestro hijo os hiere con un comentario, no os calléis: hacédselo saber. Precisamente, el que nosotros seamos un poco críticos hará que él aprenda a tener criterio. La meta está en animarle para que exprese sus propias ideas, algo que sucederá tarde o temprano, como escribió Óscar Wilde: «Los niños comienzan amando a sus padres, luego les juzgan… y a veces, incluso, llegan a perdonarles».

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