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3-4 años: malcriados a nuestro pesar (1ª parte)

Si no consigue lo que desea por las buenas, lo intenta por las malas. Alrededor de los 3-4 años todo lo que sabe es “quiero eso y lo quiero ahora”, pero debemos enseñar al potencial malcriado dónde están los límites. Y no olvidar que si establecemos metas razonables para ellos, y mantenemos cierta disciplina, no debemos preocuparnos estar consintiéndoles cada vez que cedamos en algo.


Mientras esperaban en la cola del cine una madre le comentaba a otra: «Si mis niños empiezan a actuar alguna vez como los que tenemos detrás prométeme que me avisarás. Si hay algo que no deseo es unos hijos malcriados». Un temor que comparten muchos padres, pero ¿qué es realmente un niño consentido? ¿Nace así o es culpa de su educación?

Todos los niños son rebeldes. No existe ningún niño que no se comporte mal de vez en cuando, contestando a sus padres en un tono muy brusco o agarrándose rabietas por nimiedades. Puede pasar semanas enteras “desafiando” cada una de las reglas de casa, desde la de “nada de chucherías antes de comer” hasta la de “un cuento y a dormir”.

Cierta dosis de rebeldía

Una cierta rebeldía es saludable pues los niños de esta edad están empezando a intentar controlar su entorno. Pero el verdadero niño malcriado no respeta ni la intimidad, ni la propiedad, ni las ideas de los demás. Sus necesidades son lo primero, y por ellas puede llegar a ser destructivo.

Y es que un niño consentido no controla totalmente su comportamiento. Ha sido condicionado para actuar como lo hace. Supongamos que un niño de tres años quiere una galleta, su padre le dice que no y él responde con pataleos y chillidos. Lo importante no es tanto la actitud del niño como la reacción del padre. “Dámela y dejaré de hacer ruido” es la oferta que hace el niño entre sus gritos. Cuando el padre se la da, ve que la estrategia funciona.

Malcriados por negligencia

A menudo los padres que se enfrentan al mal comportamiento de sus hijos se derrumban porque están poco seguros de sí mismos para hacer o imponer reglas. No quieren montar “escenas” en público. Temen que si llora y patalea la gente piense que son malos padres. Y el niño se aprovecha.

La disciplina es necesaria desde el punto de vista de la seguridad emocional del niño. Si no cuenta con normas sociales claras para orientar su conducta y controlar sus impulsos, el niño se siente confuso e inseguro. «Tengo que estar recordándome a mi misma que Verónica puede ser infeliz por unos instantes», asegura Mª Eugenia, madre de una niña de tres años, «pero es lo mejor para ella. A veces le digo “si continúas haciéndolo no iremos al parque”, o cualquier otra cosa que quiera hacer. Y lo cumplo aunque sea duro».

De un extremo al otro

Si nos preocupa consentirle demasiado podemos llegar a ser excesivamente rígidos, olvidando que una dieta constante de reforzamiento negativo pierde su poder de persuadir al niño. “Tengo tendencia a ser algo estricto”, comenta Javier, padre de Luis, de tres años. “Pero trato de equilibrar mi comportamiento llevándole a comer fuera de casa, cuando se porta bien, porque le encanta”.

La verdad es que si establecemos metas razonables para nuestro hijo y hacemos todo lo posible por mantener la disciplina no debemos preocuparnos por estarle consintiendo cada vez que cedamos en algo. Hay una gran diferencia entre la indulgencia y el consentimiento.

(Continuamos la semana que viene, con recomendaciones para cambiar la conducta de una/un malcriada/o)

 

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