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7-10 años: enseñarles a colaborar en casa (1 de 2)

Muchos escolares, entre clases, deberes y otras actividades, tienen una jornada tan larga como un adulto. ¿No será entonces contraproducente, y hasta aparentemente, cruel hacerles echar una mano en casa, a colaborar?

«Mis hijos no tienen que ayudar en casa, bastante tienen con el colegio», dice una madre de dos chicos entre ocho y diez años y, seguramente, muchas otras madres le darán la razón. Efectivamente, el día de nuestros escolares está casi tan lleno como el de un trabajador adulto y parece preferible que utilicen las pocas horas que les quedan para jugar en vez de para trabajar aún más.

Sin embargo, este planteamiento, aparentemente tan lógico, resulta demasiado simple. Un poco de solidaridad Solemos pensar que el chico o la chica que ayudan en casa le están haciendo un favor a su madre. Y podemos admitir francamente que así es: a esta edad ya son tan hábiles que su colaboración resulta útil.

Objetivo: colaborar

Sin embargo, cuando las madres reclamamos su ayuda, también les estamos haciendo un favor a ellos, ya que de esta forma les transmitimos valores no sólo éticos sino también interesantes desde otros puntos de vista.

Ayudando en las tareas del hogar, nuestros hijos:

  • Aprenden a ser solidarios.
  • Toman conciencia de pertenecer a un grupo.
  • Se comunican con nosotros y entre sí.
  • Conquistan nuevas habilidades.
  • Obtienen vivencias de éxito.
  • Se hacen más autónomos.

Lo más obvio es el hecho de que aprendan a ser solidarios. Existen adolescentes que abandonan sus pertenencias en cualquier lugar de la casa, dejan el desagüe del lavabo lleno de pelos, sacan alimentos de la nevera sin volver a guardarlos y jamás se avienen a colaborar en algún trabajo. Nunca piensan ni un momento en la persona – probablemente su madre – que tendrá que limpiar y recoger su desorden.

Solidarios, no egoístas

Si no queremos que nuestros hijos se vuelvan tan insolidarios, debemos enseñarles a ponerse – al menos de vez en cuando – en el pellejo del prójimo. Pero también necesitan adquirir las habilidades necesarias sin las cuales nadie puede vivir de forma auténticamente independiente. Para que el día de mañana nuestros hijos e hijas puedan “vivir su vida”, no tienen más remedio que aprender hoy cómo hacer una cama, exprimirse un zumo o barrer un suelo.

No debemos olvidar que una de las metas de nuestra educación, posiblemente la más importante, consiste en la autonomía de nuestros hijos. Sólo cuando llegan a ser tan autónomos que ya no nos necesitan, podremos dar nuestra tarea por concluida.

Simplifica el trabajo

A veces, las madres tienen unos ideales tan altos en cuanto a orden y limpieza que cualquier niño se desanima de entrada. Para motivarlo a colaborar, además de ejercer la virtud de la tolerancia, conviene simplificar la casa al máximo. Por ejemplo, las camas: colocar bien la manta sobre las sábanas, meterlas debajo del colchón, centrar la almohada y adornar todo con una colcha, es difícil y cuesta tiempo.

En cambio, un edredón nórdico, metido en una funda, lo convierte todo en un juego de niños. También podemos ahorrar trabajo introduciendo la costumbre de quitarnos los zapatos en el vestíbulo, eliminando los adornos excesivos, guardando las alfombras que sobran y teniendo suficientes armarios, cajas y baúles para facilitar el orden. Así, en vez de agotarnos en trabajos aburridos, podremos dedicarnos a tareas más creativas. Seguro que los niños prefieren ayudar a hacer galletas que limpiar el polvo de una estantería llena de adornos.

(Continúa la semana próxima).

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