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Adolescentes: ¡qué pintas llevan!

La adolescencia es una etapa de su proceso madurativo de gran inseguridad, de rebelión contra lo establecido y de búsqueda de nuevas pautas y criterios propios; no sólo en lo concerniente al vestir, sino en muchas otras facetas. En ella, nuestros hijos –y cada vez antes– caen en una curiosa paradoja: recurren a lo idéntico para hacer gala de lo original; o, dicho de otra forma, para que la sociedad no les uniformice, se visten todos igual para demostrar así que son diferentes. Algo que muchas veces lleva a dudar de la frescura de dicha tendencia y hace pensar en la sumisión de los jóvenes a un proyecto de rebeldía cuyos hilos maneja alguien ajeno por completo a sus intereses.

Lo cierto es que los jóvenes necesitan agruparse y sentir que pertenecen a un determinado grupo de iguales, encontrando en él una identidad. Gente como ellos, con los mismos gustos e ideas, la misma forma de arreglarse y vestir. «Su madre y yo nos gastamos 15.000 pesetas en un nuevo modelo de zapatillas de baloncesto, que sólo venden en Estados Unidos», recuerda Gonzalo, «porque aseguraba que eran su único deseo como regalo de Navidad. Para empezar, le gusta llevarlas desabrochadas, y no sólo eso, sino que en tres semanas ya estaban andrajosas, porque no se las quita casi ni para ducharse». Y es que las estrellas del Séptimo Arte, los ídolos de la música moderna y las figuras del deporte son el espejo en el que se miran millones de adolescentes de todo el mundo para definir sus gustos a la hora de elegir vestuario. Así que no cabe culparles por las pintas que llevan en ocasiones, pues sus ídolos no son precisamente árbitros de la elegancia o modelos del saber estar.

El indudable poder de la moda
«Antes, las chicas queríamos ser princesas como Carolina de Mónaco, o ‘top models’ como Claudia Schiffer», asegura otra madre “atormentada” por el aspecto de su hija. «Ahora, sueñan con ser “andrajosas” estrellas de rock o actrices de vida un tanto excéntrica. «Es la respuesta a nuestro tiempo», apunta el sociólogo especializado en moda Pablo Monasterio. «Antes se vivía en una cultura en la que todo cuanto tuviera que ver con la sexualidad era tabú y, por ello, la ropa juvenil estaba impregnada por el buen tono, la educación y los modales. Ahora hay un clima de tolerancia que, unido al mundo tecnológico –que les permite ver las tendencias de Hollywood, París o Tokio– y a que se educan con la pequeña pantalla, propicia que la apariencia de las jóvenes de ahora no tenga nada que ver con la que tuvieron sus progenitoras, seguramente porque estas contaron con muchos menos espejos en los que mirarse».

Arranques de sinceridad como el de Carolina, madre de una adolescente de 14 años que siempre va a la última, no suelen ser habituales: «Me preocuparía mucho más si mi hija aceptara ponerse la ropa que usaba su hermana, 7 años mayor que ella, que por el hecho de que lleve los minivaqueros tan cortos que se le ve el forro blanco de los bolsillos o un pendiente en forma de crucifijo invertido: ello demuestra que quiere tener su propio estilo, que no acepta los convencionalismos sin más, que vive conforme a su tiempo». Lo normal es echarse –imaginariamente al menos– las manos a la cabeza cuando vemos a nuestra/o hija/o adolescente lista/o para ir a dar una vuelta con sus amigos.

Los padres tendemos erróneamente a asimilar las malas pintas –¿bajo qué punto de vista estético, el nuestro o el suyo?– con comportamientos inadecuados, dejadez en los estudios o amistades perjudiciales, cuando en el fondo no es sino una forma más de rebeldía. «Mis padres aseguran que soy una excéntrica por mi forma de vestir», asegura Laura, de 15 años, «sólo porque, según ellos, no me pongo la misma ropa que otras chicas de mi edad. No sé de qué chicas hablan, porque en mi panda todas vestimos de forma similar». Y es que los adultos acostumbramos a mirar a los jóvenes con una serie de supuestos previos, con determinados prejuicios. Si tendemos a considerar al adolescente como lo contrario al adulto, y a definirle por ello, deberíamos admitir esa inmadurez y falta de seriedad como atenuantes al juzgar su gusto a la hora de vestir.

En la pantalla y el escenario
Además, conviene relativizar, y pensar que se trata de una etapa más. De hecho, también nosotros –igual que antes nuestros padres– tuvimos nuestro momento de imitar a tal o cual famoso. Cuando Clark Gable apareció sin camiseta de tirantes en “Sucedió una noche”, los jóvenes norteamericanos dejaron masivamente de emplear lo que hasta entonces era un clásico en su vestimenta. Treinta años más tarde, Paul Newman volvió a ponerla de moda con sólo descamisarse en “Hud” y mostrar la suya, de un blanco radiante… Y lo mismo que Joan Crawford enseñó a llevar hombreras a las adolescescentes de los 50; la Diane Keaton de “Annie Hall” marcó el estilo que llevarían en los 70: como si se le acabase de caer encima el armario de su abuelo. Madonna, con su inimitable “look basurero”, los chicos de Guns’n’Roses y Sinéad O’Connor, mística entre los místicos, cuya imagen es una mezcla de monje lama y ‘skin head’, ejemplificaron a la perfección el caótico fin del pasado siglo, y el no menos confuso inicio del presente, arrastrando masas de seguidores incondicionales. Los chavales de hoy en día son seguidores de gente salida de ‘realities’ cuyo único mérito es ese, el haber salido en televisión y estas ‘buenos’. ¿La razón? Simplemente ven que triunfan…

Así que, como siempre, lo mejor es un punto de calma y otro de comprensión; a la postre, tenemos poco control sobre su ropa a no ser que dependan total y absolutamente de nosotros, y la verdad es que a esa edad ya deberíamos de haberles inculcado cierta independencia.

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